Pablo Picasso tenía
que ser artista. Tanto porque se crió entre los pinceles y las enseñanzas de su
padre como porque demostró tener una mente ágil y una mano habilidosa para la
pintura y la escultura, el malagueño hizo girar su vida en torno al arte y su
prolífica obra (que se extiende por más de 70 años de actividad), llena de
cuadros de renombre, lo demuestra.
Su nombre empieza a
escucharse a partir de 1898, cuando realiza su primera muestra en solitario y
consigue que un marchante francés le pague una cantidad mensual a cambio de
toda su creación a lo largo del año. Como artista profesional, Picasso se
sumergiría en el ambiente bohemio y artístico de París y comenzaría a explorar
con su obra y estilos, pasando de su famoso periodo azul al periodo rosa, el
cubismo, el surrealismo o el expresionismo. Algunas de sus obras, como Las
señoritas de Avignon, supusieron un auténtico shock para parte de la sociedad a
la que no terminaban de encajarle los nuevos estilos pictóricos que surgían y
que en muchos casos eran completamente experimentales.
Tal vez el cuadro más
recordado de Picasso sea Guernica, el
inmenso óleo sobre lienzo que dibujó en 1937 como denuncia al bombardeo sufrido
por la población vasca de mismo nombre y a las barbaridades cometidas en las
guerras. Pero más allá de la pintura,
Picasso cultivó otros campos como la escultura, el diseño de escenografías o
los grabados.
Hombre de gustos
sencillos con gran afición por el sol del mediterráneo y los toros y con una
vida sentimental complicada (tuvo dos esposas y numerosas amantes), la obra de
Pablo Picasso ganó fama internacional y el artista siguió trabajando hasta su
muerte en 1973, con 91 años de edad.
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